“Las historias de amor no existen”, decía siempre. “Hasta que te las encuentras” le replicaba sin cesar. Ella lo creía así. Quizás fuera porque guardaba en una caja los restos de un corazón roto que ya no se prestaba en arreglar, pues siempre le saldría más barato comprar uno nuevo y ni eso podía permitirse, o quizás por la poca esperanza que le daban los hombres. Su experiencia le había dicho que no podía confiar en nadie y que no podía sentirse culpable. Aunque esto último no lo cumplía a rajatabla. Paseaba por casa con su cajita a cuestas, llena de pedacitos rotos mientras tropezaba con otro y lo metía dentro. La última ruptura fue bastante desagradable. Él se marchó porque sí, dejando una nota con la palabra “Adiós” y un paquete que pañuelos. Muy romántico. Desde entonces lloraba por las noches y dormía por el día. ¿Patética? Más lo era él. Fue cuando rompieron con ella en una tarjeta de cumpleaños cuando dejó de creer en las historias de amor. El amor, ¿que era sin historia? Un sentimiento que servía para poco lejos de un corazón. Y el suyo estaba en una caja.
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